ray en una oficina
Publicado: Lun 20 Abr 2009, 23:47
yo es que lo leia y me acordaba de ray xDD
OFICINA DE PATENTES. INT. DÍA.
Un PATENTADOR, o bien PATENTISTA o PATENTERO está en el escritorio de su oficina leyendo el Marca y esperando a que alguien entre por la puerta a patentar algo, no sé, lo que sea. En ese momento la puerta se abre de repente y aparece un INVENTOR.
INVENTOR: ¡Oiga!
PATENTADOR: ¡Coño, que susto me ha dado!
INVENTOR: ¿Es aquí lo de la oficina de patentes?
PATENTADOR: No sé. ¿Qué pone en la puerta?
INVENTOR: “Se venden cocodrilos”, en letras grandes y verdes, con el dibujo de un cocodrilo arquetípico al lado.
PATENTADOR: ¿En serio? Con razón en quince años que llevo trabajando aquí no ha venido un alma a patentar nada.
INVENTOR: ¿Y ha vendido usted algún cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, no sabe usted lo mal que está el tema de los cocodrilos últimamente. La gente ya no quiere cocodrilos.
INVENTOR: Sí, qué lejos queda el tiempo en que el cocodrilo era considerado un artículo de primera necesidad.
PATENTADOR: Ya le digo. ¿Y usted qué quería?
INVENTOR: Patentar un invento revolucionario.
PATENTADOR: ¿No quiere un cocodrilo?
INVENTOR: Pero, hombre, cómo me pregunta eso así, en frío. No es una decisión que un hombre pueda tomar a la ligera. Tendré que consultarlo con mi señora. Es ella quien lleva la economía doméstica, ¿sabe? Y ahora vamos a apuntar al niño a la academia y la cosa está muy malamente.
PATENTADOR: Se lo vendo por doscientos leuros. Menos de lo que le cuesta un colchón de viscolátex, que no sé ni lo que es pero suena asqueroso, por Dios bendito.
INVENTOR: No, si el bicho no sale caro. Pero habría que alimentarlo, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, si le gusta que los cocodrilos caminen y respiren y muevan la cola lentamente y den mucho susto cuando se quedan mirando fijamente a un punto pensando en quién sabe qué y esas cosas que suelen hacer los cocodrilos cuando están razonablemente alimentados, pues sí.
INVENTOR: ¿Y qué come un cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, de todo. No sé. La verdad es que no le hacen ascos a nada. No son de los que apartan los guisantes cuando se están comiendo un guisadillo, ni mucho menos.
PATENTADOR: En mi casa es que somos muy poco de guisadillo. Y, la verdad, tener que preparar un guisadillo sólo para el cocodrilo con lo laborioso que es pues como que…
INVENTOR: No se preocupe; ya le digo que comen de todo. Castañas. Focas. Pan con aceite y tomate restregado. Personas. De todo.
INVENTOR: ¿Personas?
PATENTADOR: ¿He dicho personas? Quise decir cereales. Pero, ¿por qué no se sienta? Me ha caído usted bien. Parece usted un buen cereal.
INVENTOR: ¿Cereal?
PATENTADOR: ¿He dicho cereal? Quise decir persona.
INVENTOR: Oiga, no sé si me conviene hacer tratos con un tipo que confunde a la gente con cereales.
PATENTADOR: Oh, por favor, no se haga una idea equivocada de mí, copo de maíz inflado. Digo, caballero.
INVENTOR (se sienta porque ha perdido dos autobuses y viene caminando desde bastante lejos y el ascensor del edificio está descacharrado y ha tenido que subir cuatro pisos a pata): No sé. No estoy convencido. Si pudiera enseñarme primero la mercancía…
PATENTADOR: Es razonable. (Abre un cajón del escritorio) María Angustias, ¿estás ahí?
INVENTOR: ¿Tiene un cocodrilo en el cajón?
PATENTADOR: Digo. Y una grapadora, también.
INVENTOR: Si cabe en un cajón debe ser muy joven.
PATENTADOR: Bueno, todavía no fuma, si es a eso a lo que se refiere.
INVENTOR: No me refiero a eso ni de lejos. Lo que quiero decir es que debe ser bastante pequeño.
PATENTADOR: ¿El tamaño del cocodrilo supone un problema para usted? Observe las ventajas, buen hombre. Lo puede transportar en una fiambrera debajo del sobaco.
INVENTOR: Pero después crecerá, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, después me parece un poco pronto. Espérese un rato.
INVENTOR: Con “después” me refiero a dentro de unos meses.
PATENTADOR: Ah, no, eso sí, desde luego. Después alcanzará la longitud de un cocodrilo estándar.
INVENTOR: ¿Y eso cómo de largo es?
PATENTADOR: Pues como la mesa del salón de alguien que tenga una mesa del salón muy larga.
INVENTOR: ¿Cómo de larga?
PATENTADOR: No sé… Como para veinte o veinticinco comensales, más o menos, la mitad de ellos con un ligero sobrepeso. Y una señor muy gorda, tal vez. Pero a ésa la pueden sentar en un extremo y aquí no pasa nada.
INVENTOR: Buf, eso es demasiado largo para mi salón. Podría suponer un problema.
PATENTADOR: Hombre, si está pensando en comprar un piano, yo le rogaría que abandonara la idea. O el cocodrilo o el piano. Lo dos no le caben en el salón. Y el cocodrilo le roería las patas al piano. Y pintar un piano le puede salir caro, porque tendría que echarle cuatro o cinco manos. Y, en el peor de los casos, una capa de barniz.
INVENTOR: Encima eso. ¿Sabe? Creo que voy desestimar la oferta del cocodrilo.
PATENTADOR: ¿Y qué me dice del piano? Porque le puedo vender un piano.
INVENTOR: Bueno, al piano no habría que darle de comer…
PATENTADOR: A éste sí. Está poseído por el espíritu del Vizconde de no sé qué coño.
INVENTOR: ¿Un piano maldito? Sería una adquisición de lo más original. ¿Resulta muy problemático?
PATENTADOR: No, que va. Éste también come de todo. Brócoli. Pistachos. Ñus. Fabes con almejas. Pianistas. De todo.
INVENTOR: ¿Pianistas?
PATENTADOR: ¿Dije pianistas? Quise decir lomo en manteca. No se preocupe; nosotros, los cereales, no tenemos nada que temer. ¿Dije cereales?
INVENTOR: Ya, pero, ¿hace cosas raras? Ya sabe, moverse solo o…
PATENTADOR: ¿Moverse solo? ¡Ja! Ésa sí que es buena. Una vez intentamos moverlo entre mi hermano y yo y no hubo huevos; qué se va a mover solo. Los pianos es lo que tienen; una total ausencia de músculos y huesos y esas asquerosidades que tenemos los demás y que permiten a nuestro organismo rayar un poco de queso cuando nos sale de los cojones.
INVENTOR: ¿Sólo sabe comer? Pues vaya mierda de maldición. ¿No hace el tipo de cosas que hacen los típicos pianos encantados de toda la vida? Ya me entiende, ponerse a tocar solo por las noches o algo así.
PATENTADOR: Eeeeh, sí. Algunas noches se pone a tocar solo. Sobre todo cuando está borracho. Que toca fatal, por cierto. Una noche se agarró una tranca de aguardiente y se puso a tocar la Polonesa Opus 53 de Chopin y no dio pie con bola.
INVENTOR: Pues si lo único que hace es comer, emborracharse y tocar mal, qué quiere que le diga, no me sale a cuenta. Lo mínimo que puedes esperar de un piano encantado es que asuste a las visitas y a los parientes gorrones que vienen de lejos y paran a pernoctar en casa.
PATENTADOR: La verdad es que asustar, lo que se dice asustar, asusta poco. Lo cierto es que es bastante educado.
INVENTOR: Por si fuera poco.
PATENTADOR: Haga la prueba, si no me cree. Móntelo alguna vez en el autobús, ya verá como les cede el asiento a los ancianos. No es mala gente, el piano encantado este.
INVENTOR: Me lo pensaré. Déjeme su número y ya le llamo si eso.
PATENTADOR: Como quiera, ojazos. ¿Qué es lo quería patentar?
INVENTOR: Un invento revolucionario (se saca un invento revolucionario del bolsillo). Tome, tome.
PATENTADOR (coge el invento revolucionario, impresionado): ¡Jesucristo! ¿Es lo que creo que es?
INVENTOR: Por supuesto que no; lo acabo de inventar.
PATENTADOR: Pero parece, parece…
INVENTOR: Pero no lo es.
PATENTADOR: ¿Qué es, pues?
INVENTOR: Es…
OFICINA DE PATENTES. INT. DÍA.
Un PATENTADOR, o bien PATENTISTA o PATENTERO está en el escritorio de su oficina leyendo el Marca y esperando a que alguien entre por la puerta a patentar algo, no sé, lo que sea. En ese momento la puerta se abre de repente y aparece un INVENTOR.
INVENTOR: ¡Oiga!
PATENTADOR: ¡Coño, que susto me ha dado!
INVENTOR: ¿Es aquí lo de la oficina de patentes?
PATENTADOR: No sé. ¿Qué pone en la puerta?
INVENTOR: “Se venden cocodrilos”, en letras grandes y verdes, con el dibujo de un cocodrilo arquetípico al lado.
PATENTADOR: ¿En serio? Con razón en quince años que llevo trabajando aquí no ha venido un alma a patentar nada.
INVENTOR: ¿Y ha vendido usted algún cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, no sabe usted lo mal que está el tema de los cocodrilos últimamente. La gente ya no quiere cocodrilos.
INVENTOR: Sí, qué lejos queda el tiempo en que el cocodrilo era considerado un artículo de primera necesidad.
PATENTADOR: Ya le digo. ¿Y usted qué quería?
INVENTOR: Patentar un invento revolucionario.
PATENTADOR: ¿No quiere un cocodrilo?
INVENTOR: Pero, hombre, cómo me pregunta eso así, en frío. No es una decisión que un hombre pueda tomar a la ligera. Tendré que consultarlo con mi señora. Es ella quien lleva la economía doméstica, ¿sabe? Y ahora vamos a apuntar al niño a la academia y la cosa está muy malamente.
PATENTADOR: Se lo vendo por doscientos leuros. Menos de lo que le cuesta un colchón de viscolátex, que no sé ni lo que es pero suena asqueroso, por Dios bendito.
INVENTOR: No, si el bicho no sale caro. Pero habría que alimentarlo, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, si le gusta que los cocodrilos caminen y respiren y muevan la cola lentamente y den mucho susto cuando se quedan mirando fijamente a un punto pensando en quién sabe qué y esas cosas que suelen hacer los cocodrilos cuando están razonablemente alimentados, pues sí.
INVENTOR: ¿Y qué come un cocodrilo?
PATENTADOR: Uy, de todo. No sé. La verdad es que no le hacen ascos a nada. No son de los que apartan los guisantes cuando se están comiendo un guisadillo, ni mucho menos.
PATENTADOR: En mi casa es que somos muy poco de guisadillo. Y, la verdad, tener que preparar un guisadillo sólo para el cocodrilo con lo laborioso que es pues como que…
INVENTOR: No se preocupe; ya le digo que comen de todo. Castañas. Focas. Pan con aceite y tomate restregado. Personas. De todo.
INVENTOR: ¿Personas?
PATENTADOR: ¿He dicho personas? Quise decir cereales. Pero, ¿por qué no se sienta? Me ha caído usted bien. Parece usted un buen cereal.
INVENTOR: ¿Cereal?
PATENTADOR: ¿He dicho cereal? Quise decir persona.
INVENTOR: Oiga, no sé si me conviene hacer tratos con un tipo que confunde a la gente con cereales.
PATENTADOR: Oh, por favor, no se haga una idea equivocada de mí, copo de maíz inflado. Digo, caballero.
INVENTOR (se sienta porque ha perdido dos autobuses y viene caminando desde bastante lejos y el ascensor del edificio está descacharrado y ha tenido que subir cuatro pisos a pata): No sé. No estoy convencido. Si pudiera enseñarme primero la mercancía…
PATENTADOR: Es razonable. (Abre un cajón del escritorio) María Angustias, ¿estás ahí?
INVENTOR: ¿Tiene un cocodrilo en el cajón?
PATENTADOR: Digo. Y una grapadora, también.
INVENTOR: Si cabe en un cajón debe ser muy joven.
PATENTADOR: Bueno, todavía no fuma, si es a eso a lo que se refiere.
INVENTOR: No me refiero a eso ni de lejos. Lo que quiero decir es que debe ser bastante pequeño.
PATENTADOR: ¿El tamaño del cocodrilo supone un problema para usted? Observe las ventajas, buen hombre. Lo puede transportar en una fiambrera debajo del sobaco.
INVENTOR: Pero después crecerá, ¿no?
PATENTADOR: Hombre, después me parece un poco pronto. Espérese un rato.
INVENTOR: Con “después” me refiero a dentro de unos meses.
PATENTADOR: Ah, no, eso sí, desde luego. Después alcanzará la longitud de un cocodrilo estándar.
INVENTOR: ¿Y eso cómo de largo es?
PATENTADOR: Pues como la mesa del salón de alguien que tenga una mesa del salón muy larga.
INVENTOR: ¿Cómo de larga?
PATENTADOR: No sé… Como para veinte o veinticinco comensales, más o menos, la mitad de ellos con un ligero sobrepeso. Y una señor muy gorda, tal vez. Pero a ésa la pueden sentar en un extremo y aquí no pasa nada.
INVENTOR: Buf, eso es demasiado largo para mi salón. Podría suponer un problema.
PATENTADOR: Hombre, si está pensando en comprar un piano, yo le rogaría que abandonara la idea. O el cocodrilo o el piano. Lo dos no le caben en el salón. Y el cocodrilo le roería las patas al piano. Y pintar un piano le puede salir caro, porque tendría que echarle cuatro o cinco manos. Y, en el peor de los casos, una capa de barniz.
INVENTOR: Encima eso. ¿Sabe? Creo que voy desestimar la oferta del cocodrilo.
PATENTADOR: ¿Y qué me dice del piano? Porque le puedo vender un piano.
INVENTOR: Bueno, al piano no habría que darle de comer…
PATENTADOR: A éste sí. Está poseído por el espíritu del Vizconde de no sé qué coño.
INVENTOR: ¿Un piano maldito? Sería una adquisición de lo más original. ¿Resulta muy problemático?
PATENTADOR: No, que va. Éste también come de todo. Brócoli. Pistachos. Ñus. Fabes con almejas. Pianistas. De todo.
INVENTOR: ¿Pianistas?
PATENTADOR: ¿Dije pianistas? Quise decir lomo en manteca. No se preocupe; nosotros, los cereales, no tenemos nada que temer. ¿Dije cereales?
INVENTOR: Ya, pero, ¿hace cosas raras? Ya sabe, moverse solo o…
PATENTADOR: ¿Moverse solo? ¡Ja! Ésa sí que es buena. Una vez intentamos moverlo entre mi hermano y yo y no hubo huevos; qué se va a mover solo. Los pianos es lo que tienen; una total ausencia de músculos y huesos y esas asquerosidades que tenemos los demás y que permiten a nuestro organismo rayar un poco de queso cuando nos sale de los cojones.
INVENTOR: ¿Sólo sabe comer? Pues vaya mierda de maldición. ¿No hace el tipo de cosas que hacen los típicos pianos encantados de toda la vida? Ya me entiende, ponerse a tocar solo por las noches o algo así.
PATENTADOR: Eeeeh, sí. Algunas noches se pone a tocar solo. Sobre todo cuando está borracho. Que toca fatal, por cierto. Una noche se agarró una tranca de aguardiente y se puso a tocar la Polonesa Opus 53 de Chopin y no dio pie con bola.
INVENTOR: Pues si lo único que hace es comer, emborracharse y tocar mal, qué quiere que le diga, no me sale a cuenta. Lo mínimo que puedes esperar de un piano encantado es que asuste a las visitas y a los parientes gorrones que vienen de lejos y paran a pernoctar en casa.
PATENTADOR: La verdad es que asustar, lo que se dice asustar, asusta poco. Lo cierto es que es bastante educado.
INVENTOR: Por si fuera poco.
PATENTADOR: Haga la prueba, si no me cree. Móntelo alguna vez en el autobús, ya verá como les cede el asiento a los ancianos. No es mala gente, el piano encantado este.
INVENTOR: Me lo pensaré. Déjeme su número y ya le llamo si eso.
PATENTADOR: Como quiera, ojazos. ¿Qué es lo quería patentar?
INVENTOR: Un invento revolucionario (se saca un invento revolucionario del bolsillo). Tome, tome.
PATENTADOR (coge el invento revolucionario, impresionado): ¡Jesucristo! ¿Es lo que creo que es?
INVENTOR: Por supuesto que no; lo acabo de inventar.
PATENTADOR: Pero parece, parece…
INVENTOR: Pero no lo es.
PATENTADOR: ¿Qué es, pues?
INVENTOR: Es…